Desde las Orillas del Desierto

 Una lección más para Occidente

 Bachir Edkhil

El 11 de febrero es ya una fecha histórica y no sólo para el pueblo egipcio, sino para todo el mundo libre. En particular  para  el mundo árabe, colonizado durante más de cinco siglos y durante los últimos 50 años víctimas de otra colonización, autóctona, encarnada por unos cuantos déspotas apoyados por occidente. La situación era tal que ningún árabe podía ni tan siquiera soñar con la libertad, al menos hasta hace poco. El detonante directo de la actual revolución es tan simple que nadie pudo predecir la precipitada caída de Ben Alí, primero, y de Hosni Mubarak, después. Un joven se inmola y se enciende la mecha. Por desgracia, estos dictadores vitalicios no son la excepción del mundo árabe. La mayoría de estados de la región padecen el mismo mal. Despotismo, injusticias sociales, paro, analfabetismo, anacronismo del líder con respecto a la edad media del país, falta de libertades y de perspectivas, son elementos que conforman el día a día de pueblos de suelos ricos y masas pobres, muy pobres.

Con la descolonización de Occidente llegaron los regímenes autárquicos y autoritarios. Muchos sólo han conocido en sus vidas a un único gobernante, al Ben Ali, Mubarak o Gadafi de turno. Este tipo de líderes abundan, una fatalidad y denominador común de los países árabes. El que se apodera de algo no lo deja nunca, ya sea el Gobierno, un partido, una institución, un ayuntamiento… Los dirigentes árabes desconocen el sentido de la alternancia. Todos se creen inmutables e imprescindibles. La renuncia o dimisión de un cargo es un hecho impensable en esta parte del globo. Nadie deja nunca nada, y menos su poder, con constituciones a medida y arropados por estrategias de distracción como la lucha contra el terrorismo islámico. A esto hay que unir la ignorancia y que estas sociedades – de origen beduino – son propensas al pesimismo justificado en el mektub (destino). Una fatalidad que no tiene solución.

La espera interminable de los pueblos árabes atisbó un resquicio de luz cuando se instalaron los primeros cibercafés en los barrios más bajos. Un beneficio de la globalización que ha democratizado la información, que ahora llega a todo el mundo, sin distinción de clase. La libertad entra a través del ordenador, y la esperanza. Facebook, twitter y demás abrieron nuevos horizontes a los jóvenes, despejaron su mente y les infundieron ánimos para cambiar su mundo. Surge un sentimiento de indignación y protesta para liberarse de los dictadores que los subyugan. Una revolución que nace sin un líder claro. El pueblo pierde el miedo y se echa a la calle. El efecto dominó hace el resto. Se merecen vivir en estados democráticos y libres. La democracia no debe ser exclusiva de nadie. Y un Estado moderno se apoya sobre una constitución y una ciudadanía igualitaria ante las leyes, no en una legislación hecha a medida de los que mandan para someter a los de abajo.

En los países libres los edificios más grandes son hospitales, museos o universidades. Aquí son las cárceles y las lujosas mansiones de los de siempre, que evidencian la supremacía de la ley del miedo. En una democracia las instituciones son un pilar fundamental del sistema político. Aquí, se inventan y se adaptan, se modelan en función de los intereses de aquellos que consideran tienen una sangre diferente del resto de los mortales. El caso de los Trabelsi en Túnez es paradigmático, el privilegio y la alternancia de una misma familia. Se echa en falta una auténtica clase media. Millones de personas malviven con apenas un dólar al día mientras que sus países, ricos en recursos, malgastan en el mantenimiento y caprichos de sus  gobernantes, y en la compra de arsenales de armas. Una carrera armamentista justificada por eminentes guerras que nunca se libran, satisfaciendo los intereses de la industria armamentística de los aliados democráticos como reconocimiento a su incondicional apoyo. Occidente es democrático de puertas para adentro. Sus principios no valen cuando hay dinero en juego. A pesar de esta connivencia y cobardía occidental, el mundo árabe está hoy en marcha. Occidente ha tenido muchas oportunidades de aprender de sus errores desde la caída del Cha de Persia, en 1979, hasta el más reciente derrocamiento de su fiel aliado Hosni Mubarak. ¿Aprenderá Occidente esta vez la lección?